Dos Venus de la mano

No era la primera vez que tocaba el cuerpo perfectamente esculpido y decorado por varios insinuantes tatuajes de esa mujer de rizos color rojo fuego que me recordaba cuán ardiente puede llegar a ser. Ya conocía de su entrega apasionada al haber presenciado, cuando aún éramos desconocidos, cómo consumía a cinco hombres a la vez dejándolos exhaustos en su empeño vagamente satisfecho de saciarla.

Mi pareja y yo la conocimos, junto a su marido, en una fiesta privada a la que nos invitaron en la famosa casa “X”. Esa vez apenas jugamos un poco los cuatro después de bailar, beber, comer y conversar.

En esta ocasión, nos encontramos en Uhomo por casualidad y nos saludamos cariñosamente como quien ya se conoce por haber compartido intimidades. Aunque a ojos de cualquiera pudiera parecer que nuestra amistad era antigua y estrecha por el nivel de complicidad y desinhibición demostrada bailando y besándonos en la pista de baile, la verdad es que apenas nos conocíamos. Esa combinación de novedad estimulante y confianza cómoda fomentó unos preliminares en la pista de baile cargados de sensualidad.

Tal como he mencionado, esta mujer podía, y me consta que aún puede, presumir de un cuerpo extremadamente sexy que no deja indiferente a nadie… y mi chica no iba a ser una excepción. Esos labios nos tenían cautivados a ambos trasportando besos de los míos a los de mi pareja y viceversa marcando un ritmo propio basado en el vibrar de nuestros cuerpos e ignorando el de la música que, imagino, estaría sonando en ese momento aunque la recuerdo completamente muda. El tacto, la vista y el gusto acaparaban toda mi capacidad de atención relegando al resto, entre ellos el oído, a un letargo temporal.

Éramos vampiros hambrientos deseando devorar ese cuerpo. Ella se sabía deseada pues nos cogió de la mano para llevarnos al que es mi rincón favorito en ese club. Me gusta porque por su ubicación, detrás de una barra de pole en un semi-escenario y justo al lado de la cabina del DJ, parece que la gente lo cree un reservado y, aunque el club esté rozando el aforo máximo, esas camas acostumbran a estar vacías y listas para nosotros.

Tres cuerpos desnudados con pisas se buscaban los unos a los otros con una ansia que entorpecía nuestros movimientos abrumados por tanto que queríamos saborear y por solamente disponer de una lengua. Mientras mi chica yacía bocarriba, la penetré a tradición. Nuestra compañera de juegos aprovechó para posarse en su cara invitándola a que le hiciera sexo oral mientras recibiera mis embestidas. En esa postura, la boca invitada y la mía quedaban libres para besarnos mientras ambos propinábamos y recibíamos placer de mi chica, la cual gemía gritos de placer ahogados. Casi desfallecida por la dificultad de respirar intensificada por un orgasmo, mi exuberante compañera de vida se incorporó con su morena melena empapada de la esencia de esa pelirroja. – Mi turno – reclamó entonces nuestro objeto de deseo que se tumbó insinuante para que mi chica se sentara encima de su boca. Yo, aunque deseoso de penetrarla, quise antes saborear lo que hacía escasos segundos saboreaba mi morena. Cuál fue mi sorpresa cuando, recorriendo la entrepierna de nuestra amiga con paciencia y atención a cada pliegue de su sexo, mi boca se llenó de lo que se me antojó agua de manantial; tan pura que me apeteció beberla saciando mi sed. Hace tiempo que sé que soy salofílico* y en ese momento estaba satisfaciendo mi fetichismo con la eyaculación femenina más dulce que he saboreado hasta día de hoy en que, mientras escribo estas líneas, su recuerdo me estimula la salivación y eriza mi piel fruto de la excitación que me provoca.

Con mi rostro húmedo, fui a buscar la boca de mi chica para besarla y recordarle el ese sabor que ahora ya habíamos conocido los dos. El beso duró una eternidad durante la que palpándome, me enfundé un preservativo y me introduje dentro de la que ahora se ahogaba entre las piernas de quien mordía mis labios. El descontrol se apoderó de mí haciendo verterme dentro de nuestra amiga la cual aún gemía debajo de nosotros. En ese momento creí morir cayendo inerte al lado de ellas que terminaron de regalarse caricias y besos hasta que se confesaron satisfechas.

Aún tembloroso, observé como esos dos hermosos seres, que me habían estado poseyendo minutos atrás, se levantaban y, sin vestirse, empezaban a caminar cruzando el club por completo como dos Venus de la mano bajo las atentas miradas de todos los hombres y mujeres que envidiaban al hombre que las seguía pacientemente unos pasos más atrás; yo.

*Salofilia: fetichismo o prácticas sexuales relacionadas con los desechos corporales salinos (sudor, saliva, semen, etc.).

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