Nuestros sexos dormidos

¿Sabes cuándo te encuentras entre el mundo de los sueños y a lo que llamamos “realidad”? ¿En ese limbo en que eres esencia de ti mismo, no mientes, se esfuman la razón, las convenciones sociales e incluso tu propia moral ha desaparecido? Tu mente está en una especie de trance, divagando entre el inconsciente, los deseos y sucumbiendo a la voluntad de tu cuerpo. Pues en ese momento fue cuando me encontré con su piel y su calor.

Mi cuerpo reacciona instantáneamente desde el primer contacto, inspiro profunda aunque lentamente para recuperar el oxígeno reducido por el estado de latencia en que me encuentro. Percibo, entonces, su olor que me activa aún más el deseo de mi cuerpo sin alterar mi estado mental semi-ausente en el que mi consciencia simplemente se deja llevar por mi parte más primitiva, sin razón y esencialmente emocional.

La habitación está completamente a oscuras por lo que es inútil abrir los ojos pero mi cuerpo necesita percibir mi objeto de deseo de alguna manera. Privado de la vista, se agudizan mis otros sentidos, la mido con mis manos, la leo con las yemas de los dedos, la reconozco con el olfato y la acaricio con la lengua, mordiéndola con mis labios porque mi boca la quiere ingerir… la ansío dentro de mí. Y la cubro, nunca mejor dicho, por completo. Mi piel hipersensibilizada como jamás ha estado antes se extiende sobre la suya. Soy capaz de percibir cada centímetro de su cuerpo, cada pliegue, la falta de ropa, ni siquiera las braguitas que nunca se quita para dormir, hoy no las lleva. De alguna manera, ella sabía que hoy las braguitas le iban a entorpecer.

La única parte de mi cuerpo que parece totalmente desvelada busca entre las esquinas de su cuerpo ese sitio en el que anhela estar, como buscando ser arropada por un cuerpo cálido en una noche fría. Irónico porque precisamente no es frío lo que mi cuerpo está sintiendo ahora mismo, de hecho, termino despojándome del nórdico que nos cubre y que ahora nos sobra.

Sin llegar a abrir los ojos, me medio incorporo aguantando mi peso sobre mis puños y una vez equilibrado, la giro con mi brazo derecho para que me ofrezca su bellísima espalda en todo su esplendor coronada con esa nuca que me vuelve loco de ganas de morder.

Desde atrás entro dentro de ella, despacio pero firme, con una facilidad asombrosa porque está completamente mojada y su cuerpo se arquea como una contorsionista que ansía tenerme dentro… y yo la complazco pues sus deseos son órdenes para mí… sobre todo si son exactamente  los mismos que los míos.

No sé cuántas eternidades estuve entrando y saliendo de ella, creciéndole dentro en cada embestida, mordiéndole la espalda, agarrándola del pelo, sosteniéndola del cuello y terminar durmiéndonos sin alejarnos, sin salir de ella hasta que el despertador nos recordaba que este mundo no entiende que sólo somos esencialmente libres en nuestros sexos dormidos.

Un comentario en “Nuestros sexos dormidos”

  1. Guuuuuuuau! Impresionante descripción del mejor momento de la noche, cuando no eres conciencia, solo deseo.
    Cuando el encuentro es puramente instintivo, cuando solo manda la piel y las ganas.
    Guau una y mil veces más!

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