El rencor

Me despierto solo. En el espacio donde te encontraba cada mañana sólo hallo vacío. No recordaba lo frías que pueden llegar a estar las sábanas de mi cama. Ya no me ahogo en tu pelo como cuando mi cuerpo buscaba tu calor, esas cosquillas en mi nariz, en mi rostro… se me está olvidando cómo me calmaba tu olor, ni siquiera mis almohadas lo retienen ya.

Todo lo que me queda de ti se reduce a una caja de cartón que aún yace en mi comedor con las cuatro cosas que olvidaste llevarte. A veces rebusco en ella, iluso, esperando encontrar algo que me haga revivir nuestro deseo, nuestro amor, nuestro sexo. Tu cuerpo que tanto echo de menos… tus pechos, tu boca, tu lengua, tus manos. Tus palabras, tus promesas, tus bromas y tus risas. Todo lo que se me arrancó de entre los dedos ese fatídico día.

Me empujaste a ese agujero por error o por temor, no lo sé, pero decidiste seguir echándole tierra hasta haberme sepultado casi por completo.

Odiarte; por todo el dolor que me provocaste y que aún duele. Desearte infelicidad para que vivas mi misma angustia. Esperar que no encuentres a nadie que te quiera como yo te quise o siquiera que te quiera un ápice de ello. Anhelar que te sientas tan sola como me he llegado a encontrar cubierto por esas toneladas de desprecio esparcido a mi alrededor. Hay quien lo entendería, quien encontraría “normal” que así fuera… pero mi corazón ya estaba completamente lleno. Rebosa de amor por ti y no hay espacio para todo este rencor, no cabe el odio. Apenas el hueco que quedó al esfumarse la felicidad que has dejado de darme se llenó de tristeza y melancolía por no poder amarte una vida entera.

Porque te quise y te quiero libre, porque te quise y te quiero feliz, no me reconfortaría tu dolor.

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