Diecisiete años tarde

Diecisiete años tarde te escribo esta carta que deberías haberte encontrado en la puerta de tu casa tal como esperabas bajando a toda prisa las escaleras para que nadie se te adelantara.

Curiosa casualidad que tuviste que esperar diecisiete años a que por fin me fijara en ti y ahora hayas tenido que esperar diecisiete años más para recibir esta carta que te prometí entonces y olvidé imperdonablemente escribirte.

Ahora, diecisiete años tarde, me dispongo a intentar redimirme haciendo que la espera haya valido la pena:

Dicen que todo ocurre por alguna razón. La verdad es que estoy convencido que estos diecisiete años no han sido en balde, que aunque seamos esa misma chica de diecisiete años que deslumbró a este chico apenas estrenando la veintena con el que compartió algo que apenas afloraba inocente, torpe y vergonzoso, en el fondo no somos los mismos que entonces. Este tiempo separado, con sus idas y venidas, esos tímidos mensajes cargados de intención apenas insinuada sin llegar a confesarnos del todo, ha sido necesario para construirnos personalidades valiosas que ofrecernos ahora madura y conscientemente. Caracteres y valores esculpidos con cincel martillado por experiencias, algunas buenas, algunas no tan buenas y otras extremadamente tristes.

Ayer me di cuenta que ambos amamos nuestras propias individualidades y nuestra libertad. Vi tu miedo a perderla y dejar de sentirte independiente. Ese mismo miedo me ha perseguido a lo largo de mi vida y me ha provocado más de un quebradero de cabeza al no haberme dado cuenta de ello y no haberlo sabido gestionar.

Es por eso que tu manera de ser espontánea, incontrolable, incluso volátil y posiblemente efímera es una de las cualidades que más me atraen de ti. Tan bella y valiosa me parece la libertad y tú te me antojas tan y tan libre que te conviertes en el ser más bonito que tengo en mi vida.

Hace diecisiete años, esa chica de diecisiete años me fascinó encendiendo en mí un fuego que, lejos de extinguirse, quedó latente avivándose cada vez que nos cruzábamos apenas un instante de un año al otro y que ahora parece que está apunto de descontrolarse como incendio en época de sequía con fuertes vientos que no parecen tener intención de amainar.

No sé tú, pero yo no quiero que vuelva a ese letargo y que tengan que pasar diecisiete años más.

Ahora quiero materializar todo este deseo acumulado, tocar esa piel cuyo tacto tanto he imaginado, volver a soñarte pero esta vez en tu cama contigo entre mis brazos, oliéndote, sintiéndote y besándote. Déjame hundirme en ti hasta tocarte el alma con la mía, enredar mis dedos en tu pelo a la vez que tus labios acogen a los míos. Permíteme cerrar los ojos para centrarme en verte con mis otros sentidos, inspirar profundamente llenándome de ti y desgranar tu esencia como hace un sumiller.

Quiero tus miradas, quiero tus sonrisas, quiero tus caricias, quiero tus suspiros, quiero tus gemidos, quiero, quiero, quiero… y lo más importante, quiero que tú también lo quieras.

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